Quiero estar bien, pero no quiero cambiar

Hay problemas que no se van aunque los ignores, te distraigas o busques ayuda

Todos tenemos una personalidad, y todos tenemos problemas. Muchos de esos problemas se deberán a los demás, a la mala suerte o a que la vida no es perfecta y vivir significa tener que estar solucionando problemas, pequeños o grandes. Pero hay problemas que se quedan ahí, hagas lo que hagas no se van, son problemas – lapa del tipo no ganar suficiente dinero, tener ansiedad o depresión intermitente o permanente, no hacer lo que queremos, no sentirse comprendido, sentir soledad, etc. 

Cuando el problema no se va mucha gente intenta ignorarlo o distraerse y se sumergen en el trabajo, en las redes sociales, en los infinitos capítulos de las series. Pero eso solo funciona un tiempo, porque el problema sigue ahí, en el fondo,   vibrando, queriendo salir, hasta que la inquietud se convierte en angustia, la tristeza en depresión, la inseguridad en ansiedad. 

Entonces se busca y prueban soluciones: ¿Qué hace otra gente con el mismo problema?, la autoayuda, los consejos de otros, la terapia, el yoga, etc. Pero al final siempre se llega al mismo punto, toda la información que tienes pasa por un colador gigante y lo que sale es algo muy simple: que parte del problema está en cómo reaccionas, está en tu personalidad. Y puede que esa sea la parte más importante del problema. El tema va a seguir ahí hasta que no cambies algo en tu forma de pensar y sentir o en cómo te comportas. Hasta que no aprendas a reaccionar de otra forma.

Muchas veces el problema está en la personalidad, en la forma de reaccionar, de pensar y sentir

Veamos un ejemplo. Como psicólogo, una de las situaciones más comunes que me encuentro en la consulta es la siguiente: una persona viene porque tiene ansiedad y quiere quitársela y quiere que sea rápido; tras unas sesiones se va viendo que la ansiedad está relacionada con su forma de pensar, tiende a desconfiar, a ver lo negativo que puede ocurrir en cualquier situación, y además se considera una persona muy válida, pero no soporta que le juzguen. Lo interesante es que si le preguntas, te dice que se considera una persona normal, positiva y optimista, pero cuando miramos en sus pensamientos cotidianos vemos que la negatividad y el miedo a ser juzgado salen con frecuencia, están ahí, mezclados con los demás pensamientos, sin que apenas se de cuenta. Y al principio todo suele ir bien: la persona intenta corregir la negatividad y desconfianza mirando las cosas de una forma más equilibrada y con una visión de sí misma más neutra, de forma que no se estresa tanto cuando se siente juzgada en casa o en el trabajo. A continuación se plantea que siga haciéndolo hasta que se convierta en su forma habitual de pensar, a lo cual la persona responde: “pero si ya estoy bien ¿Porqué tengo que cambiar nada en mi forma de ser?” y entonces aparece un muro alto y sólido que impide el cambio, aunque sea para superar la ansiedad o la depresión, aunque sea para conservar una relación que se está perdiendo, aunque sea para conseguir un trabajo en el que te sientas mejor. Lo de pensar de forma diferente está bien mientras sea un ejercicio que se hace en la consulta o en casa, pero que ese cambio sea permanente, eso es otra cosa, uno quiere sentirse mejor, pero no a cualquier precio. Como ya no hay ansiedad ya no hace falta cambiar la forma de pensar. En situaciones límites, como una enfermedad grave o una ruina económica algunos cambian, se adaptan a la situación y aprenden a mirar las cosas de otra forma, pero la mayoría vuelven a lo de siempre pasado un tiempo. 

Lo importante no es que nuestra personalidad sea estupenda o un desastre, lo que importa es saber que es el origen de muchos de los problemas que tenemos. Aun sabiendo esto no queremos cambiarla, no sabemos cambiarla, la sola idea de hacerlo nos puede generar inseguridad, miedo a dejar de ser uno mismo y ser otra cosa.

La personalidad está protegida por un muro alto y sólido

¿Porqué nos resistimos tanto al cambio? ¿Es que somos así de cabezotas? ¿O es que somos masoquistas? No es nada de eso, lo que pasa es que la personalidad tiende a ser algo estable, es lo que nos ayuda a movernos en el mundo exterior, nos protege de la inseguridad, nos da una imagen de nosotros mismos. Es como un muro que tiene en la puerta un cartel grande que dice “detrás de esta puerta estoy yo”. Para cambiar algo en la forma de pensar o sentir, hay que atravesar la puerta del muro, pero no es nada fácil, porque el cerebro no permite que la personalidad cambie tan fácilmente. 

La personalidad se forma durante los primeros veinte años de nuestra vida. Es un viaje alucinante con cambios constantes. La personalidad es algo que ocurre de forma natural cuando no has tenido más remedio que adaptarte sin parar a los mil cambios que supone el crecer. Cuando ya somos mayores olvidamos con frecuencia que durante esos años todo era cambio, en el cuerpo, en el entorno, ahora hay que jugar, luego hay que ser serios y estudiar, luego hay que gustar a los demás, luego …. y durante ese proceso el cerebro va grabando reglas, creencias, preferencias y gustos de forma lenta y segura. Si te acosan en clase, el cerebro grabará eso y el recelo formará parte de tu personalidad; si te halagan demasiado luego tendrás una autoestima basada en la aprobación de los demás; si de pequeño conseguías la atención haciendo reír a los mayores, de adulto es probable que sigas haciéndolo. También están los rasgos genéticos heredados de algún familiar, por ejemplo un niño es tímido y su abuelo también lo era; pero esos rasgos pueden cambiar según las experiencias y ese niño tímido puede acabar siendo un adulto extrovertido. El cerebro va aprendiendo lo que nos sienta bien, lo que nos da confianza y lo que nos da inseguridad y eso se va grabando en las neuronas, se va formando la personalidad, la forma de ser de cada uno. Para asegurarse de que eso que hemos aprendido se quede y no se nos olvide, para evitar que cualquiera pueda manipular nuestra forma de ser, el cerebro tiene un par de trucos: por un lado  usa sustancias químicas poderosas como la serotonina y la dopamina que nos hacen sentir emociones como felicidad o miedo: si intentas cambiar algo importante en tu forma de ser estas sustancias se encargarán de que sientas miedo, de que te sientas mal. Y por otro lado guarda las reglas de la personalidad en un almacén en el fondo de la mente, un sitio inaccesible que tiene varios nombres: inconsciente, ego, sistema de creencias profundas, etc. Lo que somos es un tesoro escondido en lo profundo, protegido por un muro de creencias, custodiado por emociones que son como dragones. Empieza a quedar claro porqué no cambiamos nuestra forma de pensar y nuestros hábitos, no es que no queramos, es que sencillamente el cerebro no nos deja hacerlo.

Las pastillas ayudan, pero el verdadero cambio es siempre un proceso psicológico

La ansiedad y depresión son una epidemia mundial. Un porcentaje busca alivio en el alcohol, drogas y otras distracciones. Otros van a terapia y de éstos los que consiguen que el cambio sea permanente superan la enfermedad, los que vuelven a ser como antes tienden a recaer. Pero lo que acaba haciendo la gran mayoría de la población mundial es medicarse. Es más barato que la terapia, no exige esfuerzos y, sobre todo, no hay que plantearse nada de esto de tener que cambiar la forma de ser. Las pastillas lo van a hacer por tí. El cambio que produce la medicación varía mucho: algunos no notan gran diferencia, otros se vuelven dóciles o agresivos, otros siguen siendo ellos mismos pero ahora sin ansiedad ni depresión. Los psicofármacos son una gran ayuda en los casos en los que la persona no puede esperar a que la terapia haga efecto, en personas que no creen que la psicología les vaya a ayudar, en personas que necesitan una mejoría de forma rápida o no pueden permitirse pagar una terapia. Pero las pastillas tienen efectos secundarios, con el tiempo hacen menos efecto y hay que aumentar las dosis, cuando las dejas hay riesgo de recaída y lo más importante: lo hacen todo por tí. Está demostrado que la gente valora mucho más un mueble que ha montado con sus propias manos que si se lo traen a casa ya montado. Con la psicología del cambio ocurre lo mismo, las pastillas te hacen sentir mejor, pero la sensación de haber conseguido mejorar con tu propio esfuerzo es incomparable. 

¿Qué hacer para facilitar el cambio?

El cerebro es un órgano sabio. El cerebro es un profesional que se encarga de nuestra supervivencia y no le puedes convencer con promesas del tipo “prometo cambiar si me curo” o “necesito controlarme, voy a controlar la rabia de una vez por todas”. No le bastan las buenas intenciones. Necesita hechos, necesita saber que el motivo para cambiar es realmente importante y que merece la pena hacerlo. Sólo entonces abrirá la puerta del muro para que puedas cambiar una creencia, para que puedas dejar de fumar o hacer la dieta que tanto te cuesta, para que te cueste menos callar o mostrar sentimientos a los demás o para que seas más paciente. Hay que hacerlo poco a poco, día a día, con pequeños triunfos, aceptando los fracasos, sin prisas. Hay que convertir el gran reto de cambiar en pequeños retos diarios, sin castigarse por fracasar, sin dejar de intentarlo. Puedes demostrarle que merece la pena volver a grabar en lo profundo nuevas creencias. Hay cosas que facilitan la tarea: un calendario, hacer meditación, consultar al psicólogo, hacer que alguien sea testigo de tu evolución … Cada vez que consigas algo, quedará registrado en el cerebro, es la suma de muchos intentos lo que finalmente conseguirá abrir la puerta.

No sólo hay que cambiar cuando hay depresión o ansiedad. No hay que esperar a estar realmente mal para hacerlo. Además la vida produce cambios a los que nos tenemos que adaptar, queramos o no. Es enero de 2021 y todo está cambiando a nuestro alrededor. Para tranquilizarnos nos hablan de cuando volvamos a la normalidad, pero nadie va a volver a donde estaba antes, porque todo está cambiando: el clima, la sociedad, los trabajos, la forma de relacionarnos, los niños están pasando más tiempo que nunca ante las pantallas y no sabemos todavía con qué consecuencias. Si alguna vez sentimos que hemos vuelto a lo de antes es que estamos mirando a otra parte, ignorando la realidad. Da miedo y a la vez puede ser fascinante. Todos vamos a tener que cambiar algo. Buena suerte.

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